25 feb. 2013

La nada

¿No sería más fácil esfumarse? ¿Diluirse, emborronarse?
¿Desaparecer?
Cada día se sucede igual al anterior, y al mismo tiempo diferente. Pero esa sensación sigue ahí. La sensación de que no vale la pena, la sensación de que esto no es vida. El simple hecho de respirar no significa que estemos vivos. Al contrario, cada bocanada de aire pesa como una losa. Porque no soy capaz de llenar mis pulmones de oxígeno. No los lleno, por mucho que inspire no consigo llenarlos, y es entonces cuando las cadenas invisibles se cierran entorno a mi pecho y empiezo a ahogarme mientras respiro. Me ahogo viviendo. Respiro sin vivir.
Y no le encuentro solución. No encuentro la llave que abra el cerrojo. Nunca la he visto, pero sé que es de cristal pulido, hermosa y pequeña. Porque cuando me la imagino me ciega con su brillo. Porque cuando la encuentre, mis ojos llorarán ante la belleza de la libertad. Y pequeña, sé que es pequeña, diminuta, porque no la encuentro; porque llevo buscándola tanto tiempo que apenas recuerdo cómo era vivir sin la noción de su existencia, y no la encuentro. Porque sueño con ella, pienso en ella, la busco en los ojos de cualquiera que me dedique una sonrisa, pero no la encuentro.
Y sé que no puedo aguantar mucho más. Cada día las cadenas me aprietan más, y me asfixian. Necesito esa llave. Necesito la libertad que supone que alguien sujete mi mano. Que alguien quiera limpiarme las lágrimas con sus manos. Que alguien quiera sacarme una sonrisa con sus labios.
Que alguien dé sentido a todos esos cuentos de hadas con finales felices, esas comedias baratas que terminan con besos y lágrimas en aeropuertos.
Pero yo no quiero comer perdices ni que nadie me persiga para que no coja un avión.
Quiero tener a alguien ahí. Quiero que alguien me diga que está ahí. Quiero sentir que alguien me comprende y me quiere a pesar de mis meteduras de pata. Alguien que me acaricie el pelo y me llame tonta cuando me preocupe por cosas absurdas.
Ésa es la llave que necesito.
Pero no la encuentro.
Y los días se suceden iguales, y me siento cada vez más pequeña y más sola. Por eso pienso que no sería tan grave que me esfumase. Todas las preocupaciones y angustias desaparecerían conmigo. ¿No parece tan tranquila, tan indolora... la nada?

27 ago. 2012

¿Eres real?

No puedes ser real. No eres real. Y, sin embargo, te siento con tanta fuerza que cada poro de mi piel anhela tu contacto. Cada vez que mis ojos se clavan en otros busco tu mirada. Cada vez que mis labios se mueven susurran tu nombre, ese nombre que nadie tiene, en silencio. Sabiendo que no existes. Sabiendo que no estás.

Eres un sueño. Eres un deseo, una ilusión. Eres irreal. Pero aún así soy capaz de verte abrazado a mí. De oler tu aroma a aire. De saborear esos labios que nunca supieron a nada. De sentir ese corazón inexistente latiendo junto al mío.

Supongo que debería dejar de soñar contigo. No existes. No puedes existir. Y, sin embargo, siempre te encuentro; en mis pensamientos, en mis deseos, en mis sueños. Siempre tú.

La imaginación me juega malas pasadas. Pienso que estáis ahí, en alguna parte. Cerca, lejos, da igual; da igual porque estamos destinados a encontrarnos, porque sé que somos las dos caras de la misma moneda. Porque mi cabeza está hecha para apoyarse en el hueco entre tu clavícula y tu hombro, donde encaja perfectamente. Y tus manos fueron esculpidas para explorar mi piel y acariciar mis sentidos. Porque nuestros labios son los cuatro pétalos rosados de una misma flor. Y porque nuestros corazones llevan el ritmo de nuestra melodía sincronizados a la perfección.

No hay nada que nos pueda separar. Pero, curiosamente, no hemos llegado a unirnos.

Porque aún no te he encontrado. Pero sé que estás ahí fuera, en alguna parte. Sé que, por muy efímero e incorpóreo que parezcas, lograré dar contigo, y cuando lo haga, tus caricias hasta ahora etéreas se convertirán en algo solido; tus labios dejarán de ser suaves corrientes de aire para convertirse en plumas que acariciarán los míos. Y tu corazón. Oh, tu corazón. Tu corazón latirá junto al mío, bombeando la sangre a través de tus venas. De una forma real.

Porque eres real. Lo eres. Tienes que serlo.

17 ago. 2012

I'm a wallflower.

A veces pienso que no pertenezco a este mundo. Me siento diferente. Soy diferente.

Cuando me tratan como si fuera diferente, me hace daño. Porque pienso que, en realidad, no soy tan distinta. Pero cuando me tratan como si fuera igual que los demás, poco a poco un sentimiento de angustia se apodera de mí. Repta por mi garganta y hacia mis ojos, y llega un momento en el que no puedo evitarlo y lloro. Dejo que las lágrimas surquen mi rostro y me hundo en mi propia soledad.
¿Por qué? Porque, aunque lo intente, no soy como ellos. Mis gustos, mis opiniones... muy pocas veces coinciden con lo que se espera de una adolescente normal.

Sé que no es malo. Simplemente veo cosas que otros no ven, aprecio cosas que otros ni siquiera advierten y comprendo. Comprendo. Quizá más de lo que debería.

Pero me veo obligada a callármelo. Porque, si lo digo, será como si pusiera un cartel de neón sobre mi cabeza. Porque todas las miradas se dirigirían a mí y podría leer la verdad en sus ojos. Que soy diferente.

Y es la realidad. Soy diferente. Lo sé. Y no es algo malo. Estoy orgullosa de ser cómo soy, ver lo que veo y comprender lo que comprendo.

Pero ser diferente es duro. Sobre todo cuando eres consciente de lo diferente que eres.

Lo único que conseguiría facilitar la carga sería encontrar a gente como yo. Gente que, aunque me parezca increíble, existe. Más allá de este lugar. Más allá de todas las convenciones de la sociedad, del típico modelo adolescente.

Sé que hay gente diferente por ahí fuera. Y sé que, tarde o temprano, los encontraré. Y, en ese instante, encontraré mi hogar. Porque sé que no puedo ser la única wallflower del mundo.

You’re a wallflower. You see things. You keep quiet about them. And you understand.

16 ago. 2012

El rostro del arrepentimiento

No me mires así. Por favor, deja de mirarme. No puedo soportarlo.
Sí, sé que cometí un error. Pero deja de recordármelo, te lo suplico. No quiero volver a evocar lo que hice. Nunca. Quiero enterrarlo tan profundamente que nadie lo pueda descubrir jamás.
Por favor, déjame hacerlo. Si lo oculto, quizás, con el paso de los años, consiga ocultármelo a mí misma. Es lo mejor a lo que puedo aspirar.
Pero si sigues mirándome así, no podré. Es una tortura. Por favor, para. ¡Para!
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Un grito sacudió la habitación. La mujer que se hallaba en el piso de abajo entró en el cuarto de su hija corriendo y la encontró en el suelo, con el puño ensangrentado. Las grietas se extendían a través del espejo de la habitación como finas patas de araña.

El Bosque de los Sueños Rotos

La vida es un camino. Un camino que se ramifica a cada instante. Cada vez que decidimos seguir un camino u otro. Si siguiéramos el de la derecha, nos podríamos encontrar con alguien que nos diera una noticia o cambiara nuestra vida para siempre. Si siguiéramos por la izquierda, no sabríamos nada ni conoceríamos a nadie. O quizá sería al revés.
El camino es caprichoso. Y en muy pocas ocasiones somos conscientes de la importancia del camino que tomamos. Porque todo tiene consecuencias. Siempre.
La vida se ramifica a cada instante. Por eso, se podría parecer más a un árbol que a un camino.
No, no a un sólo árbol. A un bosque entero.
Un bosque en el que las ramas de distintos árboles se entrelazan; donde los troncos más gruesos se ocultan y los más finos y esbeltos se muestran en su frágil esplendor; donde unos les hacen sombra a otros, limitando su existencia.
Un lugar donde todos conviven.
Todos conviven e, independientemente de su especie, todos sueñan.
Cada ser tiene sueños que cumplir, sueños cumplidos y sueños rotos.
Curiosamente, estos últimos son los más frecuentes, y también los que más fascinan a la vida.
La vida los observa y los obsequia con su atención, admirando su fuerza interior. Porque los que tienen sueños rotos, los que son conscientes de que tienen sueños rotos, son seres únicos.
Porque se enfrentan a la vida y siguen adelante, pase lo que pase. Porque, quizá sean más propensos al llanto que a la risa, pero cuando ríen sus carcajadas son capaces de despertar al más nocturno de los búhos, y cuando lloran sus lágrimas son capaces de inundar a un mundo entero.
Porque logran convertir los sueños rotos en sueños que cumplir.

Por eso este lugar se llama así.

Porque todos vivimos, lloramos y reímos, en el Bosque de los Sueños Rotos.